por Claudia Méndez - Reconect-arte sitewebeditor
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13 de enero de 2026
La primera vez que escuché hablar de los Gremlins fue durante mi proceso de formación como coach. Los Gremlins son esas voces internas que no solo escucho yo, sino que la mayoría de nosotros escuchamos. Y esto no significa que estemos “locos” ni que algo esté mal en nosotros; se trata, más bien, de esa conversación interna que muchas veces no nos permite ser, hacer o actuar con libertad. Desde mi experiencia, estos Gremlins son la misma mente de la que hablan el yoga, la meditación y también el Vedānta: una mente que comenta, juzga, anticipa y condiciona nuestra manera de vivir. La mayoría de estos Gremlins nacen de creencias aprendidas en casa, en el colegio, en la sociedad, con amigos o a partir de experiencias significativas. Se van alimentando a lo largo de la vida y toman distintas formas. En mi caso, decidí llamarlo «Hitleriano»: esa vocecita interna que otros autores nombran como el crítico interno o el comité de juicios. Mi voz saboteadora suele decir que «no soy lo suficientemente buena», que «nada va a funcionar», que «soy demasiado lenta», que «mis ideas no valen» o que «¿para qué arriesgarme?». Con el tiempo también he notado que estas voces cambian de disfraz según el contexto: a veces hablan desde la exigencia, otras desde la victimización. Son hábiles, porque nacen de la propia mente, que conoce nuestras debilidades, deseos y vulnerabilidades. Durante mucho tiempo no fui consciente de cuánto impacto tenían estas conversaciones internas en mi vida. Paralizaban decisiones, condicionaban mis relaciones y me alejaban de mis objetivos personales, laborales, emocionales, espirituales. Hasta que algo comenzó a cuestionarse dentro de mí. Me pregunté: ¿Quién soy en realidad? ¿Soy la suma de todas esas creencias aprendidas? ¿Soy mis pensamientos y emociones? Comencé a observar, durante un día entero, cuántos pensamientos aparecían: positivos, negativos, recuerdos del pasado, preocupaciones por el futuro, pensamientos repetitivos, absurdos o incluso incómodos. Y la pregunta volvió con más fuerza: ¿Soy realmente todo eso? Poco a poco llegué a una comprensión profunda: no somos nuestras creencias, ni nuestra personalidad, ni nuestros pensamientos, porque todo eso cambia. Cambia según el día, el estado emocional, las circunstancias. Desde la mirada del Vedānta, esto es claro: aquello que cambia no puede ser lo esencial. Entonces, ¿qué somos? Somos eso que observa. La conciencia que se da cuenta de la mente, de sus juicios, de sus historias. La mente —esa voz que critica, juzga y etiqueta— no es el problema en sí; el sufrimiento aparece cuando nos identificamos con ella y creemos que todo lo que dice es verdad. Aquí aparece mi pequeño «Hitleriano», con su carita de «yo no fui». No voy a negar que sigue ahí, y probablemente lo estará hasta el último suspiro de mi vida. Sin embargo, algo fundamental ha cambiado: ahora lo reconozco y ya no le doy crédito. Aunque insista en que no actúe, en que no vale la pena intentarlo o en que debo apurarme porque estoy perdiendo tiempo, cada vez le presto menos atención. Hoy tengo la certeza de que sus palabras no son verdaderas. ¿Cómo aprendí a verlo con claridad? El primer gran paso lo di gracias al coaching, la primera herramienta que llegó a mi vida. Allí aprendí a identificar esa voz interna y, sobre todo, a no confundirme con ella. A verla como algo que aparece, pero que no me define. La segunda gran herramienta fue el yoga: una ciencia profunda y transformadora que me enseñó a observar mi propia mente. A través de las āsanas, la respiración consciente (prāṇāyāma) y la meditación, aprendí a aquietar las fluctuaciones mentales y a liberar un gran peso interno. El yoga no solo transformó mi cuerpo, sino también mi relación con la mente y con la vida. La práctica de la atención plena y la meditación me permitió habitar el cuerpo con presencia. Al inicio creía que meditar era “dejar la mente en blanco”, pero con el tiempo comprendí que no se trata de vaciarla, sino de observar los pensamientos que llegan y dejarlos ir. Pensamientos simples o complejos, agradables o incómodos, todos aparecen y desaparecen cuando no nos aferramos a ellos. Desde el Vedānta, esta práctica se convierte en discernimiento (viveka): reconocer que los pensamientos son objetos observados y que yo no soy eso que aparece, sino aquello que observa. Cuando esta comprensión se asienta, surge una serenidad que no depende de controlar la mente, sino de dejar de identificarse con ella. Estas herramientas —el coaching, el yoga, la meditación y la atención plena— han sido profundamente transformadoras en mi camino. El verdadero desafío no está en silenciar la mente a la fuerza, sino en aprender a relacionarnos con ella desde la observación. Cuando dejamos de alimentar esa conversación interna que no suma y que suele generar sufrimiento, algo esencial se libera. Este camino es posible. Requiere paciencia, fe, disciplina y, sobre todo, soltar expectativas. Solo así aprendemos a disfrutar el proceso y a descansar, poco a poco, en esa calma y plenitud que tanto anhelamos. «Si escuchas una voz en tu interior que te dice que no puedes pintar, pinta… y esa voz se callará». — Vincent Van Gogh