¿Mala suerte?

No es lo que ocurre, sino cómo lo habitamos

Los libros han sido para mí una fuente inagotable de inspiración. Desde la muerte de mis padres se convirtieron en una compañía silenciosa, fiel y sabia. Han estado ahí cuando el ruido del mundo se aquieta. Este amor por la lectura se lo debo a mi padre, quien, desde muy pequeña —tal vez desde los cinco años, si la memoria no me falla— me enseñó a amar los libros como se ama a un buen amigo.

Decidí iniciar este blog con este artículo porque recientemente leí un libro escrito en forma de cartas del autor a sí mismo. Muchas de ellas me resonaron profundamente, pero hubo una en particular que encendió en mí la necesidad de escribir. Se trata de la Carta 20 de La brújula interior, de Álex Rovira Celma, que comienza así:

«Lo que a veces puede parecer algo negativo, un obstáculo, un freno, un revés a lo que consideras tu propósito, una experiencia vivida como fruto de la mala suerte, quizá sea en realidad lo mejor que te podía ocurrir…»

Al leer este párrafo recordé la primera vez que escuché sobre la resiliencia: esa capacidad humana de reponerse ante la adversidad y aprender de ella. También reflexioné sobre cómo nuestra mente —a través de creencias, miedos y condicionamientos— puede convencernos de que no es posible transformarnos, fortalecernos o comprender lo vivido desde un lugar más amplio.

Desde la mirada del yoga y del Vedānta, esta mente interpretativa se conoce como manas: la que juzga, etiqueta y concluye apresuradamente. No es la realidad en sí misma, sino una interpretación parcial de lo que ocurre.

En el libro, el autor cita un cuento tomado de Ligero de equipaje, de Carlos G. Vallés, S. J., que dice así:

Una historia china habla de un anciano labrador que tenía un viejo caballo para cultivar sus campos.

Un día, el caballo escapó a las montañas. Cuando los vecinos fueron a consolarlo por su desgracia, el labrador respondió:
—«¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!»

Una semana después, el caballo regresó acompañado de una manada de caballos salvajes. Los vecinos lo felicitaron por su buena suerte.
—«¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!», respondió el labrador.

Cuando su hijo intentó domar uno de los caballos, cayó y se rompió una pierna. Todos lo vieron como una desgracia.
—«¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!», dijo nuevamente el labrador.

Semanas después, el ejército reclutó a todos los jóvenes aptos para la guerra. Al ver al hijo del labrador herido, lo dejaron en paz.
—«¿Había sido mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!»

Este cuento refleja con claridad una enseñanza muy cercana al Veda: los hechos son neutros; es la mente la que los carga de significado. Lo que hoy parece un infortunio, mañana puede revelarse como una bendición, y viceversa. El problema no está en lo que sucede, sino en nuestra identificación con una interpretación limitada.

Por experiencias vividas y aprendizajes recibidos, estoy convencida de que lo que llamamos buena o mala suerte depende, en gran medida, de la actitud con la que enfrentamos cada situación. Cuando adoptamos una mirada pesimista, el evento se vuelve más pesado de lo que ya es, y esa visión estrecha nos impide ver otras posibilidades.

El 13 de noviembre de 1985, cuando tenía once años, la pequeña ciudad en la que vivía desapareció. La tragedia de Armero dejó una huella imborrable no solo en mí, sino en miles de personas que sobrevivimos. Cerca de 25.000 personas murieron ese día, entre ellas mis padres, tres de mis cuatro hermanos, abuelos, tíos y primos. Aquel evento cambió por completo el rumbo de mi vida.

Desde la lógica del cuento, podría pensarse que fue un acto de mala suerte: estar en el lugar equivocado, en el momento menos indicado. Pero, como enseña el relato, todo depende desde dónde se mira.

Hoy no podría decir que aquello fue “lo mejor que me podía ocurrir”. Sería deshonesto hacerlo. Sin embargo, sí puedo decir que me enseñó más de lo que jamás imaginé. Especialmente en los años que siguieron a la tragedia y durante mi adolescencia, cuando renegaba de la vida y me preguntaba una y otra vez:
¿por qué me ocurrió esto a mí?

Con el tiempo fui comprendiendo que tenía dos caminos: permanecer atrapada en la tristeza, la victimización y el dolor —identificándome por completo con la historia— o empezar, poco a poco, a honrar las enseñanzas que mis padres me habían dado y preguntarme qué deseaba hacer con la vida que aún estaba en mis manos.

Desde la mirada del Vedānta, ese momento marca una transición sutil pero profunda: pasar de vivir como alguien arrastrado por las circunstancias a reconocerse, aunque sea de manera incipiente, como testigo de la experiencia. No negando el dolor, sino sin quedar reducido a él.

Hoy me recuerdo con frecuencia que han ocurrido muchas cosas hermosas en mi vida y que depende de mí a cuál de mis voces decido alimentar:
¿la que se identifica con la víctima de las circunstancias,
o la que aprende, se fortalece y sigue adelante sin perder la sensibilidad?

He aprendido que aquello que puede parecer negativo o catastrófico no necesita ser etiquetado como buena o mala suerte. Puede convertirse en una experiencia de crecimiento, de maduración interior, de comprensión más profunda de la vida.

Con el tiempo me hice fuerte, sin perder la dulzura; aprendí a agradecer, sin negar el dolor; a amar la vida, incluso con sus impermanencias. Y quizá lo más importante que he comprendido es esto:
no siempre puedo elegir lo que ocurre, pero sí puedo elegir desde qué lugar lo habito.

Y eso —como enseña el Veda— lo cambia todo..

El Vedanta no te habla de algo inalcanzable.

Vedanta te dice que AQUÍ Y AHORA puedes vivir una vida mejor. Solo hace falta que te dispongas a probar y comprobar que tu vida puede cambiar.

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